Los nuevos mandatarios surgidos de los procesos electorales son débiles por principio, de ahí la propensión de derivar la base de su poder hacia el autoritarismo, pero dado el estado actual en la vía de progreso no es tarea fácil. Promover el desorden para restablecer el orden es una estrategia seguida desde los primeros tiempos para reafirmar el protagonismo de los dirigentes. Sin embargo, las soluciones planteadas en términos tradicionales, tal es el caso de las confrontaciones bélicas, tienen mala prensa, no están exentas de daños colaterales y el resultado puede ser imprevisible para los planes de la elite política. La devastación, a la que seguirá la reconstrucción, permite generar capital sin limitaciones y las empresas capitalistas obtienen cuantiosas ganancias de la situación, las masas se empobrecen y para los gobernantes es una excelente ocasión para ampliar su poder y reafirmar su autoridad como elite. Empeñados todos en hablar de civilización y progreso, el retroceso que se produce con esta medida, aunque sea temporal, es políticamente traumático. De ahí que se acuda a nuevas estrategias en apariencia menos agresivas para sus intereses, pero con la misma finalidad, así es posible continuar con el juego de la apariencia política que se extiende a nivel social.
Fruto del contubernio intelectual capitalismo-políticos se ha instrumentado un nuevo producto que rompe con lo tradicional y que, de forma anónima y alejado de intervenciones personales visibles, está destinado a crear el caos generalizado entre la población. En los nuevos efectos de devastación no aparece de forma visible la mano humana e incluso para algunos llegará a ser la ocasión para ganar méritos cuando se aportan soluciones, aunque sean debidamente comercializadas. En la era de la globalización, no hay que excluir nuevos métodos de destrucción sectoriales o generalizados como las pandemias ocasionadas por enfermedades desconocidas de cualquier naturaleza con efectos letales para una mayoría de personas, que cumplen a la perfección los propósitos de las viejas guerras, ahora de manera civilizada, y es posible, pese a la violencia solapada, seguir hablando de progreso del género humano, porque como culpable ya no aparece el hombre, sino unos microorganismos fuera de control que hacen su labor y alguien ha puesto ahí.
A la vista de los resultados de esa nueva arma de destrucción, el poder económico cumple sus objetivos, no solamente empobrece a las masas y rebaja el nivel de control, lo fundamental es que ha surgido una nueva fuente de riqueza de la que siempre habrá empresas capitalistas dispuestas a obtener beneficios del desastre humano. En definitiva, se sigue creando capital a buen ritmo y, aunque temporalmente se resienta el consumo tradicional, el empresariado beneficiado reafirma su autoridad en los sectores surgidos aprovechando las nuevas circunstancias, incluso creando un nuevo tipo de mercado. Por otro lado, la necesidad de mantener el orden ante una situación de catástrofe pública es una ocasión para las elites políticas, porque permite reafirmar su condición diferencial ante unas masas confusas e impotentes y ejercer sin limitaciones su autoridad. Dada la situación de emergencia, apenas hay lugar para la contestación ciudadana, los derechos y las libertades se oscurecen y solo queda en escena el ordeno y mando. Así, las elites políticas se revalorizan en su papel, mientras las económicas revitalizan el negocio sectorial.
Pese a que lo de las pandemias sigan amenazantes como instrumentos de dominación de masas, la inventiva del dinero toma otras direcciones, con el objetivo de dominar al personal, ahora a través de la inflación, que amenaza como un caballo desbocado. Para eso se ponen en escena viejos inventos como los aranceles —porque lo del petróleo ya está muy visto—, la cuestión es que no se trata nada más que de armar jaleo para que la gente sea más pobre y los grandes más grandes. Una pura estrategia de dominación, complementaria de la del mercado. El caso es que todo lo que entra en el bolsillo del personal salga inmediatamente, para gloria del capitalismo y de los más ricos, contando con la inapreciable colaboración de los llamados políticos.
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