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Raúl Galache
Raúl Galache
Con cada vida mueren miles de secretos que no se confesaron, miles de anhelos que no se saciaron, miles de amores que nunca se declararon

The Water of Tyne es una canción tradicional inglesa, delicada y sencilla, como los guijarros que desgasta el agua hasta hacerlos suaves como hoja de palma. En ella, en la canción, una joven amante llora por la separación de su amado. Entre los dos corren las caudalosas aguas del río Tyne —“the water of Tyne runs between him and me”, dice la letra—, así que la chica no puede hacer otra cosa que quedarse ahí, en su lado de la orilla.

Crítica teatral

Leí La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, hacia 1998, unos diez años después de su publicación. Para entonces, ya era uno de esos libros que había que leer. Recuerdo que me caló hondamente el lirismo de la novela. Ahora, tras asistir a la función teatral que la adapta, compruebo que solo recordaba una de las muchas caras de la obra; las otras me han asaltado durante la representación como un río desbordando los diques que lo contienen. 

Es un personaje quien protagoniza nuestra vida, un fantasma, la sombra de una luz que nunca vemos

Siempre había creído que mi destreza olfativa era razonablemente buena, incluso superior a la media, me atrevía a pensar, hasta que no hace mucho asistí a la mayor demostración de agudeza que jamás he visto en este campo, una suerte de superpoder, a mis ojos; una habilidad extrahumana, digna realmente de un sabueso o de un felino, como se verá.

Crítica teatral de Género imposible, Sílvia Pérez Cruz. Matadero, Naves del Español

Asiste uno a Género imposible, el espectáculo de Sílvia Pérez Cruz que ella misma ha ideado y dirige en las Naves del Español de Matadero. La honestidad obliga a reconocer que, salvo algunas canciones y, en particular, su disco Farsa (género imposible), que la artista toma como referencia para el montaje que comentamos, poco conocía quien esto escribe de la obra y el recorrido de la cantante.

La idea del multiverso, enormemente simplificada, proponeque la configuración de nuestro universo no tiene por qué ser la única existente. Puede que para nuestros descendientes la existencia de mundos paralelos esté tan asumida como la evolución de las especies o la teoría del big bang para nuestro tiempo.

Crea una corriente que se lleva por delante al lector y, de paso, la infancia de la protagonista. Lo hace con esa naturalidad que tienen los grandes narradores en primera persona. La buena artesanía literaria es como la de las buenas sillas, como la dirección de John Ford: no se piensa en ella, pero funciona.

Cuando los espectadores griegos veían una de sus tragedias, sentían tal compasión por el héroe que resultaban purificados por los extremos a los que el personaje se enfrentaba. Asistir al sufrimiento del protagonista y admirar la dignidad con que afrontaba su destino conmovía hondamente al espectador, que anidaba en su alma sentimientos de compasión y entereza. A este baño trágico lo llamaban los griegos catarsis. 

Se reconoce muy fácilmente que una grabación de vídeo tiene ciertos años. Aunque las imágenes sean en color, los vídeos caseros de los años 80, por ejemplo, están cubiertos de una especie de polvo que desvive los colores, difumina los contornos, robotiza los movimientos. Puede que lo mismo ocurra con los recuerdos, en realidad. 

No es lo mismo estar solo que sentirse solo. El verbo sentirse es de los llamados pronominales, lo que significa que necesita un pronombre para conjugarse (yo me siento…, tú te sientes…). Muchos de estos verbos pronominales expresan una acción o un estado que ocurre en el sujeto sin que este participe conscientemente de ella, como cuando decimos ella se cayó o él se avergonzó

No me gusta nada la expresión, tan de moda en los últimos años entre políticos y analistas de la actualidad, de “ganar el relato”. No me gusta porque me parece fea, pero reconozco que es acertada. El “relato”, la narración, el modo en que se nos cuenta un hecho configura una realidad u otra, y, claro, la herramienta es poderosa en manos de los poderosos. Cosa distinta es cuando ese relato surge de la gente, aunque luego sea recogido por periodistas o publicistas.

A veces uno quisiera ser insignificante, como lo es para nosotros, ególatras mortales, una mosca o un ladrillo. No se trata de ser despreciable, sino de ser poca cosa. No es que uno se crea imprescindible para el mundo; claro que no. Pero lo cierto es que en ocasiones parece que el entramado de la vida le ha colocado a uno en una red en la que no sabe si es araña, presa o tela.

Sale uno de San, el libro de los milagros,como recién parido del vientre de una vaca, expulsado de las raíces de la tierra, allá donde el instinto habla con la luna, arrancado de ese mundo que, a pesar de todo, aún merodea en nuestras tripas, cuyo pálpito todavía podemos sentir en el alma del bosque, que nos olisquea entre extrañado y tal vez algo nostálgico cuando nos reclama con su olor de tierra húmeda y vísceras abiertas; expulsados en fin a este tiempo nuestro de acero y cristal.

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