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Raúl Galache
Raúl Galache
Monólogo de Juan Diego Botto que él mismo interpreta y que Sergio Peris-Mencheta dirige

En esta obra Juan Diego Botto es Federico García Lorca, pero, a un tiempo, y en determinados momentos, Federico es Juan, lo que le permite al autor moverse de una época a otra con ingeniosa facilidad. El texto se vale de la excusa de la tendencia a la dispersión del personaje para engarzar anécdotas, reflexiones, discursos y confesiones en una pieza que, hecha a retales, da un resultado monolítico, indisoluble, redondo como piedra de molino, porque quien está ahí es alguien tan real, tan palpable como quien lo escucha.

“Necesitamos un espejo, alguien que nos recuerde quiénes somos”

Entonces el espejo sufre porque es inútil, una puerta tapiada, un aullido enjaulado, un vivo enterrado, esperando la mano de quien puede desenterrarlo.En la canción, Nico acaba repitiendo una y otra vez “seré tu espejo, seré tu espejo”, hasta que su voz se diluye en el silencio.

“Cuando miró al suelo, solo vio estrellas”

Miró alrededor. Estaba sentado en un sofá que no veía. Frente a él, ninguna pared visible separaba su salón del de la casa contigua; su vecina planchaba moviendo las caderas al ritmo de un rock antiguo. A su espalda, la fachada dejaba paso a la avenida arbolada con su hilera de coches en el semáforo.

​Creo que al bueno de Manolo se le hizo un regalo con su sueño

Desde el Renacimiento, una de las aspiraciones del hombre es la inmortalidad, no la que vendrá con la muerte, si es que así, sino la pervivencia en la tierra gracias a la vida excepcional que uno ha llevado, a las hazañas que ha logrado o las obras que ha creado.

Por eso, lo que hacemos es el resultado de nuestros propios pilares morales. Entre dar la mano o negarla, entre dar las gracias o volver la vista, entre respetar el paso de cebra o acelerar, hay diferencia. Hay actos que son buenos y otros que son malos. Nuestras palabras, nuestros hechos, configuran la arquitectura moral de nuestra identidad.

Sabernos vivos nos ha dado un cariz inmortal. El hombre se ha hecho humano al tiempo que le nacía la noción de la muerte y, con ella, el deseo de trascender sus límites. Las pinturas en las cavernas, los primeros enterramientos, las construcciones megalíticas responden, en buena medida, al anhelo de seguir aquí tras morir, nosotros mismos o aquellos a quienes hemos amado.

Desapareció y nunca se volvió a saber de él», cuenta Alejandro Gilberdi. La policía lo buscó insistentemente. Preguntaba a cualquiera que pudiera saber supiera algo y, así, fue calando una imagen diferente de RaX. «Cayó del pedestal en que el superhéroe tiene que estar», resume Gilberdi. «Simplemente, dejó de serlo. Ya no tenía sentido que siguiera existiendo». Finalmente, no detuvieron a nadie. No dieron con él.

Imagino que cuando un arquitecto es recibido en una casa desconocida, su mirada profesional no puede esconderse tras la cortesía que obliga al visitante. De un vistazo, evaluará la distribución de las estancias, la amplitud de los espacios o la robustez de los muros. Lo mismo le ocurre al lector experto.

Esta semana ha tenido lugar el lanzamiento de Francisco Umbral. El oferente de retales preciosos (Manuscritos, 2020), obra en la que Diego Vadillo López amplía el sendero que iniciara con Francisco Umbral y la desquiciada eufonía (Manuscritos, 2019). Ambos volúmenes son principalmente fruto del fervor que siempre ha sentido Vadillo hacia el autor de Mortal y rosa.


Ella había llegado al barrio tan solo un par de semanas antes. Los separaban quince metros de vacío, el que distaba de un balcón a otro en las calles estrechas del barrio viejo. Fue en los días del confinamiento contra el virus cuando se vieron por primera vez.

A veces uno no sabe muy bien qué hacer con la vida, porque a veces la vida crece y se desborda, se hace gelatinosa y resbaladiza como una medusa. Y duele. Eso piensa Elena —o tal vez solo lo siente, como una sucesión de acordes que acolchan una melodía— cuando ya han pasado los días negros y asciende entre los pinos. Conoce el camino desde niña.

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