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Opinión
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La Navidad no es Disney

Los dulces navideños ya no saben como antaño
José Antonio Ávila López
sábado, 14 de diciembre de 2024, 13:28 h (CET)


La Navidad se aproxima, y a esta Navidad le va a faltar la propia Navidad tal como la entendíamos últimamente. En estos últimos tiempos apenas se oye "La Canción del Tamborilero" de Raphael, las comilonas en familia son cada vez menos, los espumillones falsean cada año que pasa el sentimiento de lo que significa la Navidad, los renos ahora ya son solo chinos y mal hechos, los dulces navideños ya no saben como antaño, los pesebres tradicionales son sustituidos por construcciones indecentes propias de las nuevas ideologías y de la indecencia, a la Misa del Gallo cada vez acude menos juventud, la retransmisión de las uvas no tiene ya nada que ver respecto a cuando el presentador era Joaquín Prat junto a Laura Valenzuela, los anuncios de perfumería francesa de hace décadas se han convertido en anuncios vacíos, la publicidad del cava ya no es la misma debido a la intromisión de la rancia y perniciosa ideología de género... Lo que va para adelante es ese chocolate nivelador de clases y su moda de contaminar lumínicamente los pueblos de España... Sí, aquellos a los que hacía referencia Azorín en sus escritos. ¡Por favor, la Navidad no es Disney!

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El mundo es inhumano. Y efectista, muy efectista. Los mismos que ahora se muestran compungidos por las terribles escenas de acoso sufridas por Antonio, el quinceañero santanderino con parálisis cerebral del IES Torres Quevedo, que piden a gritos dimisiones, que aportan los datos personales de los agresores, incluidos los domicilios, que se juntan para apalizarlos y darles una lección, son los que lo han permitido.

Las masas nunca se han revelado, porque ese trabajo corresponde a las elites surgidas para la ocasión, pero el hecho es hay que mantenerlas entretenidas, simplemente para que no se alboroten. En la era de la información manipulada, para entretenerlas simplemente hay que ofrecer espectáculo. La política toma nota de que para continuar con la fábula de la democracia hay que tener al votante permanente entretenido y es esta la función que asume el espectáculo político.

El rechazo a la tecnología y sus secuelas parece estar inscrito en alguna porción de nuestro ADN. No nos gustan los cambios y tendemos a pensarlos, muchas veces, como cosas del diablo, entendido este en sentido amplio. Como ejemplo de ello, en la Inglaterra de fines del siglo XVIII y principios del XIX se desarrolló el movimiento “ludita”, citado en cualquier manual historiográfico.

 
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