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¡Quién fuera perro!

Al ver el trato y las muestras de cariño que algunos dueños dispensan a sus mascotas, el primer pensamiento que me asalta tiene que ver con la banalidad y el infantilismo de la sociedad en la que vivimos
​Felipe Díaz Pardo
miércoles, 5 de febrero de 2025, 09:17 h (CET)

Voy paseando por la calle y veo a hombres y mujeres paseando a su perro, acariciando a su perro, incluso besando a su perro. Por el contrario, cada día veo menos niños por las calles y, para disfrutar de una estampa infantil, mejor sería esperar a la entrada o salida de los colegios para ver un trasiego de infantes yendo hacia el centro escolar o volviendo a sus casas. No en vano, las últimas estadísticas indican que el número de mascotas supera con creces al de niños menores de 14 años, siendo el perro el animal que se sitúa en primer lugar en el ranking.


Al ver el trato y las muestras de cariño que algunos dueños dispensan a sus mascotas, el primer pensamiento que me asalta tiene que ver con la banalidad y el infantilismo de la sociedad en la que vivimos. Ahora, cuando uno entra en un bar o se sienta en una terraza, en lugar de ver a alguien con un niño en brazos nos encontramos con el perrito acurrucado, en cómoda postura, sobre el regazo de su amo, del que no se despega en todo el tiempo.

            

La situación puede ser más hilarante cuando vemos cómo se ha extendido la moda de dotar de vestuario al animal, sin preguntarle por su comodidad de llevar sobre su cuerpo una prenda que le es ajena. Quizá la ignorancia nos impide pensar que cada raza perruna cuenta con su propio sistema dermatológico para luchar contra las inclemencias del tiempo. De ahí que sea distinto el pelaje de un husky siberiano, que tiene que soportar las bajas temperaturas de la estepa rusa, que el de un chihuahua que proviene de tierras mexicanas. No se puede evitar la risa al ver a un lebrel italiano embutido en un traje de lana, con su cuello alto rodeando su esbelto pescuezo, y sus piernecitas arropadas por dos pares de perneras de pantalón; o a todo un pastor alemán con un chubasquero amarillo, de cuerpo entero también, un día de lluvia y mostrando en su cara un gesto de circunstancias que parece decir “qué hago yo con esta pinta”.

            

El colmo del absurdo, prueba tal vez del sinsentido de algunas de las actuaciones del ser humano en la sociedad moderna, nos lo encontramos cuando vemos pasear al perro en un carrito, como si de un enternecedor bebé se tratara. Varias veces me ha sucedido por la calle creer llevar delante a una señora con un carrito e imaginar dentro a un bebé y, al adelantar el paso y traspasarla, llevarme la sorpresa de ver que, en lugar de un pequeño ser humano, en su lugar aparece el hocico de un caniche u otro congénere de raza parecida y de tamaño manejable, pues es otro requisito de la nueva moda.

Siempre he pensado que la principal finalidad de “sacar a pasear al perro” es la de que, además de hacer sus necesidades, el animal pueda ejercitar sus músculos en el breve tiempo en que lo sacan al aire libre, después de todo el día encerrado en un piso de pocos metros cuadrados, y de paso, si es posible, que pueda socializar con seres de su misma especie en el parque cercano a casa e, incluso, husmearse y charlar en su idioma.

            

Después de todo lo dicho hasta ahora, deberíamos hacer una reflexión más seria en relación con el tema. Quizá debamos pensar que este fenómeno que describimos encierre causas más profundas. Una, la de paliar la soledad en la que muchos nos encontramos actualmente, sobre todo las personas de edad más avanzada, para las cuales un animal de compañía es beneficioso. Otra, la comodidad que supone para las parejas jóvenes cuidar a una mascota, en lugar de engendrar un hijo, que nace, crece, se desarrolla y nos da problemas, etcétera, etcétera.

            

Por otra parte, esta fiebre por la compañía animal que ha surgido en los últimos tiempos conlleva una serie de necesidades para el cuidador y de posibilidades de mercado que los emprendedores más espabilados saben aprovechar. Así, han aparecido las tiendas de ropa para perros y han proliferado las clínicas veterinarias y peluquerías caninas, sin contar con los grandes establecimientos de comida para mascotas que nos podemos encontrar en cualquier centro comercial.

            

En fin, tras estas cavilaciones acerca de las nuevas relaciones entre el ser humano y la mascota, y sin querer entrar en polémica con los animalistas acerca de las condiciones y derechos que se han de contemplar en el mundo canino, la “vida de perro” de antaño no es la de ahora. Antes, se utilizaba ese famoso dicho para aludir a una existencia miserable. Hoy, como vemos, es todo lo contrario. A veces, y ante las dificultades para seguir adelante en la compleja y triste vida que llevamos, uno suspira y piensa: ¡quién fuera perro hoy día! 

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