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Después de la tormenta, ¿llega la calma?

Existen personas que son capaces de controlarse y saben mantenerse calladas, pero otras estallan como un volcán en erupción y el diálogo desaparece por completo
Violeta Torrejón
miércoles, 2 de abril de 2025, 10:04 h (CET)

Es bastante habitual que las personas discutamos entre nosotras, que existan los malentendidos o que, sencillamente, haya veces en que uno esté más predispuesto a acabar con un desacuerdo de opiniones por el estado anímico o las emociones que ha ido sintiendo a lo largo del día.


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Es inevitable que dos personas que tienen una relación, ya sea de amistad o de amor, en algún momento no tengan tantos intereses en común como al principio. Y peor aún resulta en temas de índoles familiares donde la convivencia desgasta muchísimo la manera de entender e interpretar las diversas situaciones. Según el momento en el que nos encontremos existen variables que harán que sea más fácil explotar como puedan ser si estamos al inicio o al final de día, si hemos tenido algún percance que nos ha descentrado o si estamos enfadados por una actitud previa con esa persona en cuestión y que, además, se ha podido ir arrastrando a lo largo del tiempo sin haber mostrado la verdadera realidad.


Ante una discusión, existirán personas que sean capaces de controlarse a la hora de comenzar a perder la serenidad y sabrán mantenerse calladas, pero otras, estallarán como un volcán en erupción donde el diálogo desaparecerá por completo, dejando el canal libre para expulsar una serie de palabras y prejuicios cuyo fin no será otro más que el de ofender o herir a la persona que tenemos al lado. También, dependerá de la reacción de la otra parte que eso se quede ahí o que vaya a más.


Y es que la montaña rusa de emociones que podemos sentir cuando estamos discutiendo con alguien nos hará tomar decisiones impulsivas que no estarán pensadas bajo un prisma de objetividad sino de la euforia y rabia del momento. No podemos pensar con la mente caliente porque sólo nos llevará a ver el mundo en blanco o negro. No existirá el gris, ni el marrón, ni el verde… Todo se resume en bueno o malo y nuestros pensamientos de rabia o de orgullo nos harán tomar caminos que, luego en calma, podremos arrepentirnos y sólo, los más valientes, sabrán pedir perdón por su reacción.


Y es que la sensación que a uno le queda después de discutir no es nada buena porque cuando lo hacemos con alguien a quien queremos, primero nos sentiremos rabiosos pero con el paso de los minutos u horas esa misma sensación pasará a ser sustituida por la decepción o la tristeza. Le daremos vueltas a las cosas una y otra vez, y quizá experimentemos cierto remordimiento por haber dicho determinadas frases o verbalizado cosas que en realidad, no sentíamos pero que debido a la energía de la discusión nos ha hecho expresarlo. Y es que nadie es perfecto, somos humanos y eso supone hablar y no ser entendido, fallar para adquirir experiencia, herir para quedar por encima, gritar para sobresalir, perder al equivocarnos o arrepentirnos por no haberlo pensado.


Y es que tras una discusión, siempre quedarán palabras que decir y un estado de desgaste extremo cuando ha sido con alguien importante. Nos afectarán igualmente, con los conocidos pero la intensidad con la que lo vivamos no será para nada, parecida a la que experimentamos con nuestros más allegados.


Por eso, ante un problema, lo más importante, es hablarlo sosegadamente, sin sobresaltos, sin interrumpir la palabra porque así dejaremos que la otra parte pueda expresarse de la manera que mejor sepa hacerlo, que se explique y que de ese modo, una vez terminado su turno, el otro tome la opción de contestar o, en su defecto, preguntar acerca de lo que está pasando para entender el posicionamiento del otro lado, para comprender el por qué de dicha queja y para empatizar y saber qué puede estar pasando por su cabeza para no dar lugar a malentendidos.


Porque las personas que saben dialogar en un tono calmado ganan más que aquellas que acaban perdiendo la paciencia, intentando imponer su criterio o justificar temas imposibles de hacerlo. Es por eso, por lo que, es necesario parar cuando vemos que la cosa puede acabar mal para enfriar el ambiente y retomar el asunto cuando uno esté preparado.

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Es bastante habitual que las personas discutamos entre nosotras, que existan los malentendidos o que, sencillamente, haya veces en que uno esté más predispuesto a acabar con un desacuerdo de opiniones por el estado anímico o las emociones que ha ido sintiendo a lo largo del día.

¿Para qué estás aquí? Es una pregunta incómoda, pero transformadora. Frente al habitual “¿por qué me pasa esto?”, el “¿para qué?” abre una puerta distinta: una puerta hacia el sentido profundo, hacia el propósito. No se trata de encontrar una única respuesta reveladora, como si el propósito fuese un tesoro oculto. 

Vemos a muchas personas que permanecen en silencio ante las malas acciones de los demás. Generalmente, temerosos de imponer límites, hay personas que adoptan una postura verdaderamente sumisa o pasiva ante sus diversas relaciones. Por eso, hay quienes incluso prefieren escuchar un no antes que decir que no. Finalmente, ¿cuál es el origen de todo este conflicto?

 
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