“El exceso de actividad afecta de manera negativa la vida privada y la familiar. Además, las nuevas tecnologías de la comunicación nos mantienen comunicados perpetuamente a todas horas y durante todos los días de la semana. Siempre accesibles y disponibles. Sin descanso. Necesitamos agendas y calendarios para no olvidarnos nada. Sin duda alguna es necesario que hagamos un alto en el camino y nos preguntemos cuando y como podemos destinar tiempo para nosotros mismos. El crecimiento personal y la madurez reclaman esta dedicación” (Jaume Triginé).
La manera vertiginosa de vivir que nos imponemos ha hecho que Michael Quoist escribiese: “Señor, tienes que haberte equivocado en los cálculos. Hay un error general. Las horas son muy cortas. Los días excesivamente cortos. La vida es excesivamente corta”. La brevedad del tiempo impide que podamos hacer una colonia en algún lugar del espacio. Queremos abrazarlo todo porque creemos que somos personas muy importantes. Vamos por la vida jadeando y sacando un palmo de lengua.
Con este comportamiento tan generalizado no debe extrañarnos que estemos construyendo una sociedad de personas cansadas que genera personas agotadas, frustradas, deprimidas, necesitadas de consumir bebidas revitalizantes que no hacen efecto porque el cansancio crónico de esta sociedad excesivamente activa no es físico, sino espiritual. Es por esto que al agotado crónico Jesús le diga: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11: 28-30).
El tiempo se nos escapa de las manos. ¡Tenemos tantas cosas que hacer y el tiempo es tan corto! ¡Los días, las semanas, los meses, los años son tan efímeros! Queremos abrazar mucho y no hacemos nada que tenga sentido y que nos satisfaga plenamente. Cuando Jesús dice a “los trabajados y cansados” que vayan a Él porque dará descanso a sus almas exhaustas nos transporta a los Diez Mandamientos. En concreto a los cuatro primeros que tienen que ver con Dios que busca nuestro bien. Es taxativo: “No tendréis dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20: 3). Yo soy el Dios eterno. El único Dios. A los que llamáis dioses son engaños de Satanás que desea manteneros atrapados en su red para que no os liberéis de las cadenas con las que os esclaviza. Como soy el Invisible y jamás ser humano alguno ha visto mi rostro, no os dejéis embaucar por el Maligno: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que está arriba en el cielo, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las honrarás…” (vv. 4-7).
Una división del tiempo es la semana. El diccionario la define:” “Período de siete días naturales que empieza en domingo y acaba en sábado, o que comienza en lunes y finaliza en domingo, según se considere”.
La manera de curar el cansancio crónico que es el resultado de la hiperactividad que caracteriza nuestro tiempo nos la proporciona el cuarto mandamiento que dice: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra, mas el séptimo día es reposo para el Señor tu Dios…” (vv. 8-11). Si se tiene en cuenta el descanso semanal que en el caso del cristianismo es el domingo debido al ejemplo apostólico de reunirse el primer día de la semana, se pone en orden el desbarajuste espiritual que nos lleva a la hiperactividad que tan funestas consecuencias tiene para la salud emocional. El domingo si se guarda tal como Dios manda nos recuerda que el Dios eterno existe lo cual regula la ansiedad de tener más porque nunca se tiene bastante con lo que se posee.
Al tener al Señor Jesús en el corazón se está plenamente satisfecho. Desgraciadamente se ha prostituido el domingo. En vez de ser un día exclusivamente dedicado al Padre de nuestro Señor Jesucristo para congregarse con otros cristianos para escuchar la predicación de la Palabra de Dios efectuada por verdaderos siervos de Dios que transmite tranquilidad al alma, se le dedica a alimentar la sensualidad en sus diversas variantes. En vez de encontrar la paz que el alma necesita se le añade más frenesí porque satisfacer la sensualidad no es el alimento que el alma necesita.
Santificar el domingo, es decir, reservarlo para el Señor Dios, es como una plegaria que el padre, la madre, los hijos levantan en agradecimiento a las muchas bendiciones que de Él se reciben. La fuerza que de Él toma la familia sirve para que los seis días laborables que comiencen el lunes, sea en el trabajo, en las tareas domésticas, en la escuela, no sean agobiantes. Guardar el domingo que es el Día del Señor es el antídoto que sirve para frenar la aceleración que se vive.
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