La meritocracia elogia la cultura del mérito “porque nos impide valorar a quien de verdad importa y aporta más a nuestras vidas… Está claro, padecemos una elite que cree que es lo mejor para hacer llegar al poder en una carrera de esfuerzo y talento que intenta hacernos creer que ha sido justa. No lo es. Y esta elite con su menosprecio por la mayoría provoca un resentimiento que alimenta los populismos”. Los meritocratas “se han beneficiado de un sistema injusto en donde no existe la igualdad de oportunidades. Además de tratar con menosprecio a la mayoría, estas elites nos han gestionado mal, por esto, la mayoría no se fía de los expertos, sabios, técnicos. Veamos: en Occidente, entre los años cuarenta y ochenta (del siglo XX) sí que generaron prosperidad y una gran clase media, pero desde entonces, la han degradado creando desigualdad: Mire la evaluación de los salarios. En América y en Europa se han desplomado. Por eso avanzan Le Pen, Vox, Salvini”, (Michael Sambel, catedrático de Filosofía).
Jordi Gual, profesor del IESE, escribe en su artículo: “Es cuestión de talento”: “cuando la empresa quiere captar talento, es un objetivo sensato y legítimo, pero tenemos que ser vigilantes. El gran talento condiciona el carácter de las personas, determina su personalidad y no siempre para bien. En las empresas necesitamos personas creativas, brillantes, con talento. Pero sobre todo han de ser personas que tengan bien claro que la empresa es una tarea colectiva, en que participa mucha gente. Colegas que se tienen que respetar, a menudo ayudar, con el objetivo de obtener entre todos mejores resultaos. Nos hacen falta en definitiva personas con talento, pero también con espíritu de servicio, integridad y sentido del deber. Todo lo que ayude a formar una personalidad equilibrada”. Lo que nos viene a decir Jordi Gual es que los empleados de las empresas tengan las características intelectuales, morales y éticas, necesarias que les permitan formar parte del equipo empresarial sin poner arena en el engranaje que dificulte su buen funcionamiento. Es difícil encontrar personas de este perfil.
Preguntado a un médico francés sobre cuando y como estaba seguro de poder emitir un certificado de defunción. El facultativo respondió: “Fácil, entro en la habitación y si no queda ningún resto de vanidad, la persona indudablemente está muerta”. Perfectamente se puede sustituir vanidad por meritocracia. Son sinónimos. Lo opuesto a estos sinónimos es: HUMILDAD. No la humildad que el diccionario define: “virtud cristiana que consiste en el conocimiento de la propia inferioridad”. Sino aquella que por la fe en Jesús y la colaboración del Espíritu Santo hace que el creyente sea partícipe de la naturaleza divina. (Gálatas 4: 19 y 2 Pedro 1: 4). Encontrándose una persona en esta condición es cuando adquieren sentido las palabras de Jesús. “Aprended de mí que soy dócil y humilde de corazón” (Mateo 11: 29). Habiéndose convertido los verdaderos cristianos en hijos de Dios por adopción (Gálatas 4: 5), se hace realidad el texto: “La sabiduría se encuentra en los humildes” (proverbios 11: 2). Los meritócratas han borrado del diccionario la palabra humildad porque consideran que es la característica de los perdedores. La humildad encarnada en Jesús indica todo lo contrario.
Al Hijo de Dios que no le importó desprenderse de la gloria divina al hacerse hombre en la persona de Jesús. En los hijos de Dios en quienes Cristo se va formando en ellos, guardando las distancias, abandonan la meritocracia, permiten que la mansedumbre y humildad de Jesús (Mateo 11: 29) se manifiesten en ellos. La sabiduría y la ética de Jesús sorprendían a sacerdotes y fariseos porque no había estudiado en la escuela rabínica. La sabiduría y la ética de los hijos de Dios sorprenden a los profesionales religiosos de nuestros días porque no han estudiado en un seminario teológico.
La meritocracia no es exclusiva de los poderosos de este mundo. También cargan con ella aquellos profesionales de la religión que han convertido la iglesia del Señor en una cueva de ladrones. Fíjese el lector en algunos de los epítetos con los que Jesús describe a los profesionales de la religión de sus días. La descripción es atemporal:
“Porque el que se enaltece será humillado” (Mateo 23: 12) “¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas” (v. 14) “¡Ay de vosotros guías ciegos”! (v. 16) “Insensatos y ciegos” (v. 17) “¡Necios y ciegos!” (v. 19) “¡Guías ciegos que coláis el mosquito y tragáis el camello” (v. 24) “¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas! que sois semejantes a sepulcros blanqueados que por fuera a la verdad se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos, y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera a la verdad os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad” (vv. 27, 28) “¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?” (v. 32)
Jesús, modelo por excelencia de la humildad porque su Persona la encarna, tiene que sentirse muy airado al ver que quienes dicen son sus representantes aquí en la Tierra se comportan de manera tan inadecuada como lo hicieron sus antecesores en el tiempo que vivió aquí en la Tierra. Las personas y el escenario son distintos, pero el espíritu maligno es el mismo. Cristo es el Juez de siempre. Si no se arrepienten la sentencia será terrorífica.
|