El infradiagnóstico del autismo en las mujeres impacta en su calidad de vida y deteriora su salud mental, con mayores índices de ansiedad o depresión. Así lo asegura una revisión de estudios realizada por el Centro de Psicoterapia Itersia con motivo de la celebración este 2 de abril del Día Mundial de Concienciación sobre el Austismo. “Las niñas y mujeres tienden más a enmascarar los síntomas más singulares del TEA, lo que se traduce en una mayor dificultad para el diagnostico, al que muchas de ellas, llegan en la edad adulta. Este hecho tiene consecuencias por lo que es fundamental concienciar sobre neurodivergencias, que son grandes desconocidas para buena parte de la ciudadanía”, indica Esther Verdaguer, doctora en Psicología.

Un estudio publicado este mes de febrero en Journal of Child Psychology and Psychiatry revela que el 54,2% de las mujeres con TEA y el 40,9% de los hombres con TEA recibieron al menos un diagnóstico psiquiátrico previo (los más comunes: TDAH, ansiedad, depresión). Además, esta investigación indica que las mujeres con un diagnóstico previo fueron diagnosticadas de autismo más tarde que los hombres con la misma condición. Una publicación previa editada por JCCP Advances asegura que las adolescentes con TEA presentan un mayor riesgo de problemas de salud mental (ansiedad o depresión) que los chicos con los mismos diagnósticos y que las chicas neurotípicas.
Hasta hace relativamente poco, se consideraba que había 1 mujer con TEA por cada 4 hombres. Sin embargo, las cifras más recientes, como las publicadas en Neurologic Clinics, apuntan a una proporción de 1 a 3 o, incluso, 1 a 2,5. “Parece existir un sesgo de género en el diagnóstico, lo que significa que las niñas que cumplen criterios de TEA corren un riesgo desproporcionado de no recibir un diagnóstico clínico”, añade Verdaguer.
“Las niñas y las mujeres camuflan o enmascaran sus diferencias para encajar con sus iguales y evitar el estigma de ser autistas. También presentan tener mejores competencias para la comunicación y la interacción social”, añade esta especialista. “El camuflaje de su condición termina impactando en su calidad de vida”, comenta. Así lo confirma otro trabajo en Journal of Autism and developmental disorders que asegura que los participantes autistas, y en particular las mujeres autistas, mostraron conductas de camuflaje más frecuentes en comparación con los participantes no autistas. En toda la muestra, niveles más altos de camuflaje se asociaron con una reducción de la calidad de vida.
La Confederación Autismo España estima que hay alrededor de 500.000 personas con autismo en nuestro país. La Organización Mundial de la Salud indica que este dato supone una cifra media, pues la prevalencia observada varía considerablemente entre diferentes investigaciones. Así, en algunos ensayos bien controlados se ha observado mayor prevalencia. Y además, la OMS destaca que en países de ingresos y medianos, las cifras son hasta ahora desconocidas.
Comorbilidades de las personas con TEA
El trastorno del espectro autista es una condición vinculada al desarrollo cerebral que influye en cómo una persona percibe el mundo y se relaciona con los demás, lo que genera dificultades en las interacciones sociales y la comunicación. “Las personas con TEA presentan patrones atípicos de actividad y comportamiento. Es habitual que presenten un comportamiento inflexible, muestren gran atención a los detalles o presenten reacciones poco habituales a las sensaciones. El término ’espectro’ se refiere a un amplio abanico de síntomas y gravedad”, comenta Esther Verdaguer.
Por otra parte, es habitual que las personas con TEA presenten comorbilidades: epilepsia, depresión, ansiedad y trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH); así como comportamientos problemáticos, como dificultad para dormir y autolesiones. “El nivel intelectual varía mucho, y va desde un deterioro profundo hasta casos con aptitudes cognitivas altas”, añade la psicóloga de Itersia.
El TEA se considera un trastorno del desarrollo porque generalmente los síntomas aparecen durante los primeros dos años de vida. “Es común que el diagnóstico se realice en la primera infancia, aunque se puede diagnosticar a cualquier edad”, finaliza Verdaguer.
|