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Grietas en el casco

Corrupción, mediocridad y globalización hunden a Occidente
César Valdeolmillos
miércoles, 2 de abril de 2025, 10:54 h (CET)

“El progreso democrático no es bajar a la élite al nivel de la masa, sino elevar el nivel de la masa al de la élite”, Gustave Le Bon.


En las últimas décadas, hemos asistido a una grotesca mutación ideológica, alimentada por la degradación de la educación y la imposición de realidades ficticias mediante campañas propagandísticas descomunales. La extinción del pensamiento crítico y el arrinconamiento de la cultura del esfuerzo han abierto las puertas del poder a una fauna de dirigentes mediocres, reflejo nítido de una sociedad en decadencia.


Recientemente leí la propuesta de uno de esos modernos custodios del universo emocional infantil: eliminar el rojo de las correcciones escolares por ser “demasiado agresivo” y generar estrés en los alumnos. Sugería sustituirlo por el verde, que —según él— transmite “esperanza y sosiego”. Uno se pregunta, perplejo, si el siguiente paso será pedir que se prohíba el aleteo de las mariposas... porque traumatiza a los niños y puede truncar su futuro.


Cuando uno se topa con semejante muestra de conocimiento psicopedagógico, resulta inevitable pensar que su autor es un necio, un cretino. Craso error. Quienes proyectan esos postulados conocen muy bien su trascendencia y el objetivo que persiguen. Son campañas de ingeniería social, meticulosamente diseñadas para moldear a una ciudadanía carente de sentido crítico e intelectualmente indefensa para poder manipularla a su antojo.


Si los políticos mienten descaradamente, Silicon Valley vende algoritmos como sustitutos de la ética, y las universidades relegan a Platón para “no traumatizar” a los estudiantes, ¿qué formación estamos ofreciendo a los jóvenes? ¿Que la sabiduría es un meme, el esfuerzo un mito boomer y el éxito un NFT?


La implacable degradación del sistema educativo ha originado una reacción en cadena. Sus eslabones parten del menoscabo del rigor académico, agravado por la eliminación de las humanidades. Esta pérdida ha privado a la sociedad de valores esenciales: la capacidad de discernir, la reflexión ética y la comprensión de nuestra historia.


Este proceso ha llegado a un extremo insólito: la creación de una cátedra en el templo del conocimiento para alguien sin formación universitaria. El hecho, inimaginable en otros tiempos, no solo evidencia la crisis ética a la que hemos llegado, sino también el envilecimiento de los sacerdotes guardianes de lo intocable: la excelencia académica.


Tan profunda descomposición de las instituciones ha permitido el ascenso al poder de mercachifles sin escrúpulos, supuestos redentores de explotados y desvalidos, presuntos liberadores de la mujer, y trepadores de la política, encumbrados para dirigir un país, que además de saquear el erario público, no sabrían ni convocar una reunión vecinal.


Hemos visto cómo improvisados “comisionistas” se han convertido en traficantes de la muerte, vendiendo sufrimiento y dolor al mejor postor, y cómo algún temerario grumete se ha puesto al timón de un transatlántico. Este escenario, tan sombrío como revelador, nos sitúa al borde del colapso de los valores y la concepción de la existencia que, desde sus orígenes, han nutrido el espíritu de una civilización milenaria: Occidente.


Cuando arribistas sin mérito, cortesanos del poder y saqueadores de lo público alcanzan el gobierno, el desastre es inevitable: hieren a la sociedad con daños que ningún tiempo cura. Desde el poder, envenenan instituciones, pisotean la ley y pudren la administración. La legalidad se tuerce o se rompe; las normas se redactan no para el bien común, sino para el interés de unos pocos. Y así, la justicia y la equidad mueren de gangrena.


Así las cosas, los más preparados sirven cervezas y los amorales dirigen el Estado.


¿Hemos de extrañarnos de que tales personajes proyecten su miseria moral sobre el país? ¿De que la mentira cree un reino de sombras para ocultar su codicia? ¿De que el futuro se desvanezca en manos de los saqueadores?


Entre otras muchas consecuencias, fruto de este deterioro político, Occidente perdió sus fábricas —y con ellas, su poderío económico— para depender de bancos especulativos y de un turismo, volátil como una montaña rusa, condenando a sus ciudadanos a una precariedad laboral crónica y a mendigar subvenciones que nunca construirán futuro. Cuando una sociedad se acostumbra al dinero fácil de las subvenciones deja de ser soberana para ser sierva de su propio conformismo. Y cuando una nación cambia fábricas por subsidios, acaba sin industria, sin dignidad… y sin poder. Porque el que paga, manda. Y el que mendiga, obedece.


Los países industrializados son los que marcan el rumbo. Quien fabrica bienes útiles tiene el poder. Sin fábricas, Occidente navega sin rumbo, sin timón ni timonel — basta con analizar la calidad de la mayoría de sus dirigentes y las políticas que practican.


Si antes arruinaron la industria, hoy, en aras de una pretendida protección del planeta, están impidiendo el aprovechamiento de los recursos naturales, vetando la fuente de energía más estable, limpia y económica —como la nuclear—, erradicando la agricultura y destruyendo la ganadería; y, no contentos con ello, ya han puesto en el punto de mira al turismo y a los bancos.

Si el turismo cae o los bancos truenan, no hay plan B. Nos volvimos adictos a un dinero fácil… y perdimos nuestro poder.


Una imagen ilustrativa del desmantelamiento de Occidente son los centros históricos de sus ciudades.


Desde que la memoria alcanza, toda callejuela, iglesia, taberna o taller artesanal ha sido crisol donde clases, intereses, tradiciones, oficios y generaciones fundían su existencia El mercado no era solo un lugar de transacción, sino de negociación simbólica en el que se dirimían los conflictos, forjaban las lealtades y sellaban acuerdos tácitos.


Antes de la globalización, estos espacios eran el fiel reflejo de como una sociedad concebía su existencia: qué reglas observaban, cuáles eran las jerarquías y valores que conformaban el conjunto de una cultura. Genuinos exponentes de esta realidad era un relojero en Núremberg, un orfebre en Córdoba o un librero en Florencia. Su desaparición a manos de las cadenas multinacionales refleja la capitulación de la identidad local frente a la colonización cultural de la globalización: un híbrido impersonal aniquilador de la singularidad, la tradición, y la diversidad. Es decir: del esencial legado humanístico forjado durante milenios, sin él cual no seríamos lo que somos.


Junto a su identidad cultural, Occidente hipotecó el alma de sus centros urbanos al becerro de oro de la globalización. Antes de que la uniformidad arrancara de cuajo sus raíces, sus ciudades latían con ritmo propio: por plazas y callejuelas surgían al encuentro del viajero tabernas familiares, donde el mostrador de roble —testigo mudo de siglos— era crónica silenciosa escrita con viejos caldos en las páginas del tiempo.


En sus colmados centenarios, artesanos ofrendaban obras únicas elaboradas con sus manos. Allí, el tendero, sabio de su oficio, aconsejaba como un viejo amigo entre olores a especias o cuero viejo. Las piedras de sus muros guardaban anhelos y sueños tejidos en el alma del lugar.


Las tiendas eran santuarios del encuentro, donde el dinero no compraba productos, sino complicidad en la memoria colectiva.


Hoy, la vieja muestra de madera tallada con la palabra «Juguetería» —¡qué imagen tan expresiva!— ha sido sustituida por un frío luminoso de neón con letras indescifrables, donde se ofrecen cientos de fundas de silicona para móviles, masas de helados y turrones de sabores exóticos o cerámica de Talavera… fabricada en China.


Débil e indefensa imagen ofrece nuestra civilización, carente de la savia que nutrió su grandeza: el pensamiento crítico, reducido a escombros; la cultura del esfuerzo, ahogada en la mediocridad; las humanidades, exiliadas de las aulas.


En nombre de la Eurocracia hemos abdicado de nuestra soberanía; a cambio de tapones de plástico y curvaturas de pepinos, mientras entregábamos el alma de nuestras ciudades a los dioses del neón, el acero y los cristales de la McMundialización.


Cuando un ídolo cae, siempre hay alguien listo para ocupar su pedestal.


Occidente corre el riesgo de dejar de ser dueño de su destino: saboteado por los ingenieros del caos que se hicieron con la nave, avanza a la deriva en un mundo donde otros —más astutos— marcan el rumbo. Seducida por el dinero fácil, hace décadas que la nave se mece dulcemente en el mar del conformismo. Si la tripulación no despierta de su indiferente letargo para inhabilitar al capitán, terminará por ser un punto perdido en el horizonte… mientras los demás serán quienes arriben a puerto. 

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