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Vicente Manjón Guinea
(Madrid, 9 de noviembre de 1968). Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado en Criminología por la Universidad Camilo José Cela de Madrid. Ha trabajado en prensa en diversos medios de comunicación, entre otros, un gabinete de prensa, Terra, Ecuality, Diversia, el portal de Internet Kataweb, del grupo La Repubblica, y para la confección de varios programas televisivos de monográficos sobre personajes célebres de la vida cultural. Fundador y director de la extinta revista literaria en internet Satiria. Cuenta con varios premios de poesía y relatos cortos. Actualmente se dedica a la peritación judicial, especializada en robos y fraudes. Así mismo, vinculo su profesión a la educación y reinserción de menores infractores en la Consejería de Justicia de la Comunidad de Madrid. Autor del ensayo literario titulado DE LA LITERATURA Y LAS PEQUEÑAS COSAS, del libro de relatos inédito ALTAS MIRAS y de las novelas UNA LLUVIA FINA Y MENTIROSA y CON TAL DE VERTE REÍR. Editor y escritor del blog de artículos Memorias de un náufrago. |
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El dos de abril. Esa es la fecha que el nuevo colonialista americano ha decidido llamar como el «Día de la liberación». Con ello, el actual presidente americano Donald Trump pretende simbolizar el cambio drástico en la política económica americana. Su estandarte, la implementación de aranceles a la mayoría de los países que pretendan vender sus productos en el interior de las fronteras americanas.
La vida suspendida, de Eduardo Laporte, es uno de esos libros que tienen la valentía de descender, como un espeleólogo, hacia las entrañas de un mundo desconocido. Sus páginas abordan la pérdida de un hijo no nato, que tomó camino hacia la inexistencia, al poco tiempo de que el autor hubiera conocido a su pareja y haberse concebido.
Dijo en cierta ocasión Lord Acton, allá por mitad del siglo XIX, que «el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los grandes hombres son casi siempre hombres malos...». Parece que hoy día a esos «grandes hombres» se les ha investido con una especie de capa de visionario del futuro, de emprendedor de la gloria y, cómo no, de salvador de la humanidad.
El mar siempre ha sido un compañero de la buena literatura. Un ser andrógino convertido en hombre o mujer, según la inspiración de los poetas. Proclives a cantar su fiereza y su bravura como consecuencia de grandes y musculadas epopeyas oceánicas. En la memoria anidan los recuerdos de aventuras como las descritas por Joseph Conrad, Robert Louis Stevenson, Julio Verne, Herman Melville o Daniel Defoe entre muchos otros.
Ya no queda nada, absolutamente nada, de lo que podamos decir que es blanco, o, por el contrario, negro. Se acabaron las verdades inmutables. Se han derruido los pilares sobre los que se sustentaba nuestra educación y nuestras creencias. Más bien nuestras esperanzas. Los espigones de acero, insertados entre los moldes de hormigón, como cimientos de grandes edificios, se han convertido en juncos flexibles que se doblegan según sopla el viento o según interese.
Hay pueblos que están condenados a vagar por el mundo sin un lugar donde poder asentarse. Son pueblos convertidos en nómadas porque así lo han decidido las grandes potencias colonialistas e imperialistas que dominan el mundo. Al recuerdo me vienen los kurdos, un pueblo de más de treinta millones de personas repartidas entre Turquía, Irán, Irak, y Siria, sin la posibilidad de tener un estado propio.
El libro de Eduardo Laporte conserva en sus páginas un olor húmedo a abeto y a haya. Un sonido de adoquines y rumor de hojarasca. Un sabor a chato de vino elaborado en bodegas benedictinas. Una mirada a la naturaleza y lo rural. Al apego de la tierra. Al esfuerzo en la labranza olvidada. Una mirada al alma de lo terrenal, con todos sus colores y contradicciones. Sin tanto maniqueísmo como el que ahora parece dogma a seguir.
«Para todos aquellos que habéis sufrido abusos o habéis sido traicionados… yo soy vuestra venganza». Con esta frase, pronunciada por Trump antes de ganar las elecciones, introduce Andrea Rizzi su ensayo publicado por Anagrama 'La era de la revancha'.
¿Verdaderamente alguien piensa que la elección de Trump como presidente de los EE.UU. es una aberración? No, en absoluto. El cuadragésimo séptimo presidente de la nación más potente del mundo es la revelación del verdadero rostro de América. Trump es, a pecho descubierto, el descarnado poder de la oligarquía estadounidense. La adoración de la riqueza obscena, sin miramiento alguno.
Acaba de ser detenido y, cómo no, la policía junto con los políticos de turno, exponen a la presa ante los fotógrafos para que, de esa manera, la población vea lo eficientes que son y lo pulcramente que miran por la justicia ciudadana. Camina con un mono de color naranja, de ese que llevan los condenados a muerte en las galerías más profundas de las cárceles americanas.
Uno se hace viejo y el paso del tiempo no perdona. Cuando uno mira al interior de sí mismo se da cuenta de que toda aquella inocencia de juventud y ese espíritu de querer cambiar el mundo se ha tornado en una resabia picardía, en una especie de rebelde descreimiento. Probablemente porque el paso de los años no perdona. Sobre todo, si uno se ha preocupado de leer, de abrir los ojos, de afinar el oído y de agudizar el olfato y el sabor ante las agridulces vicisitudes de la vida.
Dice Carlos Rodríguez Braun, economista argentino, educado en la Universidad Católica de Argentina, que el abanico antiliberal va desde los fascistas hasta los comunistas. Ambos se sienten atraídos por el populismo, porque ambos padecen el culto a la personalidad. Ambos se dedican en cuerpo y alma a la propaganda y a intoxicar a la población con etiquetas a menudo brillantes, pero siempre simplistas.
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