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Juan Antonio Freije Gayo
Juan Antonio Freije Gayo
El sistema democrático asegura el ascenso y mantenimiento estable de estúpidos en el poder, teniendo en cuenta también que entre los votantes existe la misma proporción de ellos

Desconozco si es la ignorancia la que nos hace sectarios o si el propio sectarismo nos hace ignorantes por inanición intelectual. Tampoco podemos descartar a la maldad como causa, al menos en origen. Pero, asimismo, mora entre nosotros, omnipresente, la estupidez, cuyos miembros se cuentan, al parecer, por millones, superando con amplitud en número a los malos.

Sugerir que en el primer tercio del siglo XVI ya existía México como el Estado que hoy conocemos (eso se infiere de algunas cosas que se vienen afirmando) resulta hilarante

En sí mismo, nada tiene de malo el llamado revisionismo histórico, pues la interpretación de los hechos pasados puede, y debe, estar sujeta a discusión. Constituiría ello un elemento básico de la disciplina historiográfica. Sin embargo, todo tiene un  límite, pues no es admisible afirmar que lo blanco sea negro o viceversa, como tampoco lo es la negación de lo evidente.

Cada vez más, nos centramos en un asunto o noticia, para olvidarlo con rapidez inusitada

Creo que, gradualmente, la desmemoria se impone a la memoria. No me refiero a la memoria histórica, o democrática, que constituye otra cuestión a tratar, así como otro debate, sino al recuerdo en general. Está más o menos contrastada, a través de variados experimentos psicosociales, la explicación de cómo alteramos la remembranza de los hechos vividos, pues nuestra evocación depende de cuestiones relacionadas con la percepción.

En la Izquierda, concepto que se va tornando inefable, pero que parece haberse encarnado en el universo woke, se impone cada vez con mayor consistencia el procedimiento de la doble moral

Se atribuye a Agustín de Hipona aquello de que “la Iglesia persigue por amor y los impíos, por crueldad”. Podría relacionarse tal afirmación con la doble moral o con lo que se ha dado en denominar ley del embudo, pues ambas se antojan óptimas para caracterizar la locución.

Proclama el tango aquello de que “el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en 510 y el 2000 también”, lo que, en realidad, nada nuevo aporta a la filosofía de calle y taberna. Pero sí da lugar a cavilación, pues me malicio que, peor que las sórdidas realidades de este valle de lágrimas, acaban resultando muchos de los intentos para erradicarlas.

Se advierte candente la disputa sobre información, desinformación, “fakes” y similares, al tiempo que parece instalarse, en las buenos propósitos progresistas, la contingencia de la censura, o el no rechazo radical de la misma.

Descubro, leyendo la prensa digital, alguna referencia al “modo de vida liberal”, inscrita en la disputa política sobre la inmigración en Europa y, asimismo, relacionada con la valoración de algunos actos violentos y luctuosos que afectan al debate migratorio. En realidad, eso que así se denomina, modo de vida liberal, se encuentra en riesgo de extinción, o tal vez ya está extinguido sin que lo advirtamos.

El término, confuso e inquietante, se ha vuelto omnipresente de un tiempo a esta parte. Y no parece una serpiente de verano, si es que todavía existen esos ofidios de la canícula. Se ha liberado la turismofobia, en España y en Europa, y no cursa, en principio, como un brote pasajero. El designado “Síndrome de Venecia”, que sería otra forma de denominar a dicho sentimiento, ejemplifica el fenómeno, como reacción frente a la masificación turística.


Un fantasma recorre Europa, parafraseando el inicio de aquel manifiesto panfletario de Marx y Engels, y también el mundo, o al menos el nuestro.  Me refiero al “transhumanismo”, vocablo que nos sume en un laberinto conceptual de tramitación ardua si acometemos la búsqueda de la salida correcta, sea la que sea, y queremos evitar, al mismo tiempo, ser engullidos por otras puertas que no llevan a ninguna parte.

Como terapia para estos días, pienso en el abate Barruel, aludido por Umberto Eco en alguna de sus novelas, y muy probablemente el primero de los “conspiranoicos” contemporáneos.   Nacido hacia 1740, fue un jesuita que, a partir de los sucesos revolucionarios de Francia, iniciados en 1789, se exilió en Inglaterra para mantener sus ideas ultramontanas.

Se atribuye a Mario Benedetti la afirmación de que “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. La verdad es que la frase se debe, según parece, no al uruguayo, sino a Jorge Enrique Adoum, escritor ecuatoriano y autor de “Entre Marx y una mujer desnuda”, que leí en mi posadolescencia, cuando eran asimismo otras las preguntas, casi iniciándose nuestra transición política.

Relata Kafka, en “La Metamorfosis”, la mutación del protagonista, que se acuesta humano y se levanta convertido en un enorme insecto. Se dice que Kafka entrevé, de esa manera, la venida inminente del totalitarismo, tal vez sin saber de manera exacta de qué se trata, y lo refleja en sus obras. Su entorno familiar y, sobre todo, la condición de funcionario, oficio primordial ligado a cualquier deriva tiránica, favorecen esa suerte de precognición.

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