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Aturdidos por la serie de habladurías, nos suena a mera fantasía el recuerdo de cómo empezó el lenguaje. La necesidad de comunicarse acertó en el descubrimiento de las voces adecuadas, su interpretación entendible y su consiguiente aplicación en las actitudes del momento. Las experiencias fueron modelando ese intercambio de voces articuladas, siempre tratando de captar algunos sentidos concretos.
Aunque pueda parecer lo contrario, el saber no es lo primero, acontecen los hechos, los experimentamos y algún tipo de saber alcanzamos: el saber se consolida como algo retardado. Esto es muy evidente en torno a las sucesivas truculencias de la vida, insidias, corrupción, drogas o simples perversidades.
Las primeras impresiones no siempre son las más fidedignas, aunque tampoco conviene desdeñarlas sin más; estamos acostumbrados a los descubrimientos sorprendentes y equívocos. Nos encontramos en esa tesitura al confrontar la capacidad de poder elegir, con la libertad y el aprovechamiento de las decisiones derivadas.
No cabe duda, nos vendrá bien de vez en cuando, dirigir la mirada sobre aquello que nos une durante los recorridos diarios por este mundo; nos ayudaría a percibir las afinidades, que tanta falta nos hacen y apreciamos poco. La inmensa variedad de situaciones no es óbice para que pensemos en los rasgos compartidos, de indudable repercusión para el conocimiento mutuo.
Con la historia suele ocurrir como con otras muchas entidades, menudean los intentos de servirse de sus propiedades sin miramientos; aunque progresivamente se comprueba su complejidad y su desvirtuación cuando se la quiere manejar caprichosamente.
Dos rasgos peculiares han favorecido la gestión del comentario de hoy y su contenido. La relectura de un libro que mantengo entre mis preferidos y el acercamiento a la situación real de la presencia humana en el mundo. El libro es “El quinto día”, de Frank Schätzing; nos viene de perlas, para enlazar con una serie de consideraciones relacionadas con las andanzas de los seres vivos en mares y tierras, unas de lo más patentes y otras poco o nada conocidas.
Para lo bueno y para lo malo, la vida siempre ha estado cruda; aquí abajo no se cocinan sus fundamentos. Los impulsos de los seres vivientes son incesantes, con evidente desorientación debida a lo incierto de sus rumbos. Las sensaciones son interrumpidas, incluso arrancadas de cuajo por avalanchas intempestivas.
Se nos pide a diario, actuar, decidir, posicionarse, comprar, votar, opinar; pero apenas nos sentimos involucrados a la hora de recibir las informaciones adecuadas, siendo como son estas un elemento crucial para acercarse al conocimiento adecuado de las cosas. Si no adecentamos ese paso previo, ya me dirán ustedes cómo será la consistencia de las decisiones tomadas, de las actuaciones y de las posteriores repercusiones.
Quizá haya sido siempre así, aunque ahora se note mayormente; de cualquier manera, si nos ponemos a observar cómo nos relacionamos, el desapego, la crispación e incluso el enfrentamiento, cobran un rango predominante e inquietante.
No me puedo olvidar de aquel simpático personaje interpretado por Anthony Quinn en el cine, me refiero a Zorba, el inquieto griego tan expresivo. Para él suponía una enorme dificultad el comunicarse con palabras, la elocuencia no estaba entre sus dotes. Su fuerte radicaba en la danza, se ponía a enlazar movimientos con cualquier motivo.
Muchas son las circunstancias que nos zarandean a diario, compiten con tantos o más impulsos surgidos desde los adentros íntimos de cada persona; en ambos supuestos, el descontrol predomina con la consiguiente intranquilidad. Nos abruma el desconocimiento de los factores condicionantes, con el resultado crudo de la incertidumbre como fondo permanente.
Sin entrar en los significados crípticos de los jeroglíficos en las civilizaciones antiguas, mantienen en la actualidad un interesante atractivo; con cuatro signos bien dispuestos, sacan a relucir detalles importantes de cuanto acontece, que de otras maneras pueden pasar desapercibidos.
Somos más otoñales que primaverales, quizá por vernos abocados al trágico final, con deterioros y fallos progresivos. Los rutilantes pétalos de la vida caen sucesivamente y asumimos el fenómeno de la caída como directriz principal, sin percatarnos de la diferencia crucial entre el deterioro vital inevitable y la destrucción viciosa de aquellos pétalos, atributos vitales, que no hubieran desaparecido hasta el final.
Cuando las jerigonzas se extienden en los ambientes modernos, las habladurías altisonantes no pasan de generar unas algarabías sin sentido. Los hechos repercuten en cada ciudadano, sin guardar relación con lo que se dice. Se consolida una distorsión de graves consecuencias, lejos de ser una rareza, se generaliza en la práctica diaria.
Me refiero a esas apreciaciones que nos deslizan hacia la experiencia sublime en los diferentes estratos de la presencia humana. Contienen el duende necesario para abstraernos de las naderías y hacernos fijar la atención con maestría, moviendo hilos indescriptibles. Funcionan con ese algo especial capaz de congregar en el mismo estrado fascinante a la emisión de un mensaje de calidad y la fina sensibilidad del receptor.
Tenemos meridianamente clara la profundidad de la caverna, la describió Platón con todo su simbolismo. A lo largo de los siglos hemos experimentado su realidad. Las entendederas de los más inteligentes no han logrado hallar la salida de la cueva pese a sus abundantes alardes y proclamas. Hablar es sencillo, decir algo con fundamento ya requiere mayor consistencia.
En primer lugar, habremos de considerar si existen o únicamente pensamos en ellas. Después comprobaremos si están abiertas o cerradas, si hablamos de un edificio, si las contemplamos en sentido figurado al contemplar la realidad, si apenas tratamos de fantasías sin mayores fundamentos.
La vida nos aboca a numerosos caminos, con un enorme muestrario de sensaciones y cavilaciones; aliada con las evoluciones temporales, no permite el devaneo con inclinaciones al reposo. Las vicisitudes son incesantes, emiten toda clase de reverberaciones sobre el conjunto de los seres vivos.
Vivimos agazapados sobre los detalles mínimos a nuestro alcance y llegamos a convencernos de que esa es la auténtica realidad. Convencidos o resignados, estamos instalados en esta polémica de manera permanente; no aparece el tono resolutivo por ninguna parte. Aunque miremos las mismas cosas, cada quien ve cosas con matices diferentes y la disyuntiva permanece abierta.
No sólo ocupamos un cierto espacio, realizamos un sinfín de actividades en sus demarcaciones y recibimos conexiones desde numerosos focos. Son incontables las maneras de percibir esa entente entre una persona y los espacios, las distancias y los efectos se multiplican.
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